
Si observamos, el perfeccionismo es algo que cada uno construye en su interior, viniendo favorecido por una educación durante la infancia bastante autoritaria, donde no se tenía en cuenta las opiniones o necesidades del otro, generando incluso una reducción de la afectividad fundamental para crear junto con la confianza y la comunicación las bases de una autoestima que nos acompañará por mucho tiempo.
Las personas perfeccionistas suelen rozar lo obsesivo-compulsivo, mirando hasta el más mínimo detalle, siendo incesantes en la búsqueda de la perfección que sólo está ordenada y creada por los propios pensamientos distorsionados del todo o nada, pensamientos catastrofistas si no se llega a alcanzar el objetivo de la perfección, bañándose con un sirope de culpas, etiquetas negativas y automensajes destructores de la propia autoestima.
Buscan el éxito, lograr la cúspide de su idea mediando consigo mismo durante horas que resultan eternas y que van a provocar un gran cansancio emocional, lo cual se traduce en menos efectividad, en un descenso de la productividad, en el aumento de los accidentes laborales, en conductas de antipatía hacia los demás y en emociones cargadas de sentimientos depresivos. ¿Y todo ello por qué? Pues simplemente para no hacer frente a su miedo al fracaso, al qué dirán, qué será de mí si no consigo ese objetivo tal y como lo he planteado en mi cabeza.
Estas circunstancias, hacen que la persona perfeccionista pueda descuidar otros aspectos realmente importantes de su vida, como la familia, la pareja, los hijos, el ocio, la relajación y la diversión, puesto que vivir con la carga perfeccionista durante muchos años favorece la desmotivación y desgana para realizar cualquier tipo de actividad, lo cual aumenta nuestra ansiedad que se manifestará físicamente en forma de dolores de cabeza, gripes, contracturas musculares o llantos inesperados una tarde cualquiera a una hora cualquiera, por el simple hecho de no hacer caso a los síntomas que la ansiedad te muestra para decirle algo muy claro, que si no dejas de ser tan exigente contigo mismo y de dedicarte tantos adjetivos negativos cuando algo no sale como esperabas, los síntomas se agravarán y se podrán convertir incluso en patologías importantes.
Dejar de ser tu propio juez, dejar de exigirte lo que debes o tienes que hacer, dejar de usar la lupa para detectar supuestas imperfecciones, nunca serás el mejor en todo, nadie lo conseguirá, porque todos somos únicos y diferentes y en la imperfección está la realidad en la que vivimos.
Aprende a equivocarte, y a disfrutar de esos errores que son los que realmente nos hacen reflexionar y mejorar, vive tu vida, sólo lo podrás hacer una vez, disfruta, ríe, salta, canta, visita los lugares que siempre quisiste, mejora tus habilidades sociales para compartir con los demás experiencias inolvidables.
Comete errores conscientemente y diviértete haciéndolo, no mires tanto tu agenda ni apuntes muchas cosas en ella y céntrate sólo en lo que estás haciendo ahora, aprendiendo a vivir en tu presente.
Reduce tu exigencia, cuida tu vocabulario, dedícate solo unos segundos a respirar y sentir todas las capacidades que hay en ti, eres una persona valiosa, formidable y no hace falta nada más que te lo creas, sin tener que cambiar ni nada ni a nadie según tu veneno que es la perfección, la misma que te contamina el alma.
