Desde que era adolescente, he enfrentado fluctuaciones emocionales que excedían lo que podría considerarse estrés normal. Estas experiencias conformaban una montaña rusa emocional que impactaba no sólo a mi estado de ánimo, sino también a mis relaciones y desempeño profesional. En el año 2023, a raíz de una crisis de ansiedad fuerte recibí un diagnóstico que resonó profundamente con mi historia: el trastorno disfórico premenstrual (TDPM).
Una ventana a mi realidad
El TDPM es una forma severa del síndrome premenstrual, conocido por muchas, pero con efectos mucho más severos. Los días antes de mi menstruación están marcados por síntomas que alteran drásticamente mi rutina y que varían mes a mes:
- Estado de ánimo depresivo: una nube de tristeza y desesperanza se cierne sobre mí, sin otra razón que la hormonal.
- Irritabilidad y conflictos con personas cercanas: pequeños desacuerdos se magnifican, provocando tensiones con seres queridos.
- Ansiedad y tensión: una sensación de estar ‘en el filo’, acompañada de palpitaciones y nerviosismo en los peores casos
- Desinterés en actividades diarias: aquellas cosas que normalmente disfrutas pierden su encanto, unido a un bajón de energía que afecta al deporte y especialmente al trabajo
- Dificultades de concentración: mantener el enfoque en el trabajo se vuelve una lucha constante.
- Cambios en el apetito y trastornos del sueño: Noches en vela seguidas de días de apetito insaciable o nulo.
La prevalencia del TDPM
Este trastorno afecta entre el 3% y el 8% de las mujeres en edad reproductiva. Aunque pueda parecer un número pequeño, representa a millones que sufren en silencio, muchas tardan años en comprender su condición y consultan a varios especialistas antes de obtener respuestas.
Descubrir el nombre de lo que me afligía fue transformador. Este diagnóstico no solo validó mis vivencias sino que también me orientó hacia tratamientos y estrategias para gestionar mejor los síntomas, incluyendo terapia psicológica, cambios en el estilo de vida y, en ocasiones, medicamentos recetados por especialistas.
Entender que lo que estaba experimentando tenía un nombre fue un cambio radical para mí. El diagnóstico no solo validó mis experiencias, sino que también abrió la puerta a tratamientos y estrategias específicas para manejar mejor los síntomas. Estos pueden incluir desde terapias psicológicas hasta cambios en el estilo de vida y, en algunos casos, medicación prescrita por un profesional.
Saber que padecía de TDPM me permitió hacer ajustes conscientes en mi vida para prepararme para los días difíciles. Pude explicar a mis seres queridos lo que sucedía, lo que ha ayudado a mitigar malentendidos y a fortalecer mis relaciones personales. Tanto fue el impacto que tuvo para mi, que hasta me tatué mi segundo nombre “Alicia” para recordar que convivo con esa parte, y así acordarme que en los momentos malos, es ella la que habla y no yo (aunque realmente seamos la misma).
Un llamado a la acción
Hoy, con la claridad que proporciona el diagnóstico, revisito y entiendo muchos eventos pasados bajo una nueva perspectiva. Esto me impulsa a compartir mi historia, con la esperanza de inspirar a otras mujeres a buscar apoyo y comprensión.
No necesitamos temer a nuestros propios ciclos naturales. Con el conocimiento y apoyo adecuados, podemos aspirar a una vida más equilibrada, adoptando prácticas saludables como una dieta antiinflamatoria y reduciendo el estrés laboral.
El trastorno disfórico premenstrual no es solo una colección de síntomas; es una parte significativa de la vida de muchas, que merece ser entendida y tratada. Aceptar esta faceta de mi existencia ha sido clave en mi camino hacia una mejor salud mental, demostrando que con el soporte adecuado, es posible mejorar nuestra calidad de vida ante desafíos complejos.
Artículo escrito por: Alicia Castañeda de 20porciento
